lunes, 10 de marzo de 2008

Interludio

Después de leer esta tarde lo recomendable que es visitar Máncora - en pareja- para darse un gusto al cuerpo, en una de esas revistitas que las agencias de viaje te tiran por debajo de la puerta, no he podido menos que analizar el problema que tengo yo al respecto. He oído en numerosas ocasiones, aquí y allá, que los hombres piensan en sexo más o menos una vez cada siete segundos. Y una mierda. Yo dejo de pensar en el sexo, aproximadamente, durante siete segundos cada tres horas, que es lo que suele tardar en molestarme el hambre. Abro la mochila o el morral en busca de alimento casual, de esos que guardas y no te acuerdas (lease chocolates, galletas a medio terminar, ole-oles, y un gordo etc) y a la boca se ha dicho, y ya vuelvo a tener el cerebro a disposición de todas las inconfesables fantasías que me suelo montar yo solo. Últimamente con una sola protagonista, cof, cof…

Como digo, hay algo en lo relativo a las relaciones esporádicas -lease agarres- que no cuadra, bien conmigo, bien con el resto del mundo. Oigo y leo a la gente desgranar sus aventuras más perversas y me siento igual que cuando leía a Garcia Marquez: muy interesante, pero no hay manera de que esto pueda pasar en el mundo real. O se están quedando conmigo o me están tomando el pelo. Yo juraría que los únicos que tiran en la sociedad de hoy son los actores porno. Y los niños se fabrican en laboratorios. Sí, llevo mucho tiempo apartado de la escena donde se reparten las roscas.

… Algo así como toda mi vida. Y es que veamos, usemos el cerebro, ya que el cuerpo no lo uso mucho para ciertos menesteres. Analicemos esto de la manera más racional posible. Nací en 1986, y hasta ahí, todo bien. Después, ya no. Porque me pasé los 17 primeros años de mi vida sin pisar discoteca o pub alguno. En mis ratos libres iba al colegio o la pre o me quedaba en mi casa tonteando, según la época. Durante esos años salí de tragos siete veces, creo. No, ocho, si contamos aquella vez que fuimos al centro y tuve un accidente en un bar que me hizo estar de vuelta en mi casa a las ocho de la noche. Muy, muy triste. Mientras mis compañeros de clase se hartaban de "agarrarse flacas" y de las resacas, yo me hartaba de dragon ball, de caballeros del zodiaco y sus hit-asos, y de chucherías. Muchas chucherías. Así estaba. Era más fácil saltarme por encima que rodearme. Pero entiéndanlo: las chicas eran una dulce fantasía. El chocolate, una dulce realidad.

Como sea, justamente a los 17, luego de unas cuentas relaciones que no valen la pena mencionar, me pillo una muchachita con la que anduve cerca de dos años. Viví en el séptimo cielo durante los primeros meses de retozos entre las sábanas. Todo bien hasta que descubri lo insano -mentalmente hablando- que seria continuar con ella. Ni siquiera puedo decir que fue bonito mientras duró. Fue bonito, he calculado más tarde, alrededor del 17% del tiempo que duró.

Muchas veces en la vida estan esos momentos en los que siento como si me faltara alguna pieza escencial en el rompecabezas humano, este es uno de ellos. Pero aquí estoy ahora, tras unos meses de ausencia contadoles que he decidido poner mi cabeza en orden, no sin antes hacer un analisis exhaustivo de ella en este asunto puntual. Preguntándome qué se hace para tener el éxito que parecen tener otros, y en mi afán por lo racional me he dicho, mientras me acomodaba en la silla para escribir tanta incongruencia, que no hay suficiente razón para el pesimismo.

Asi que intentando ser lo mas justo posible, empiezo haciendome una pregunta, ¿cuántas veces en mi vida, cuántas, he salido de casa con pinturas de guerra y dispuesto a no volver solo? A ver, que cuente… Una en noviembre del año pasado… Y otra en diciembre. Esperen, cuento otra vez. Mmmm… una… y dos. Sí, dos. Dos veces en veintiun años y medio de desventuras. No es para sorprenderse que no haya rascado bola. O sí. He tratado de enumerar los posibles motivos.

Motivo número uno: pura mala suerte. Éste es el motivo que más me consuela y que menos me creo. Si fuera el caso, no es más que seguir rascando fichas hasta que me toque el premio. Nada más que el tiempo puede pronunciarse a este respecto.

Motivo número dos: no me entero de la misa ni la mitad. Al menos, no en tiempo real. Las dos veces que he salido he visto posibilidades. Pero las he visto tarde, concretamente mientras volvía a casa. Sí, me echaron alguna luz de semaforo, pero anduve flojo. O desinteresado, el resultado es el mismo.

Motivo número tres: no muevo un dedo. Ajá. Hemos dado con la madre del cordero. No soy una chica, no van a venir a pedirme el pico por mi cara bonita. Que tampoco la tengo, perra suerte la mía. He de romper el hielo con algo que no sean miraditas. Porque miraditas suelto muchas, pero caen en saco roto. Por otra parte, me parece ridículo tener que hablar con alguien cuya conversación, probablemente, sea menos interesante que las memorias de Susy Diaz con tal de un agarre (y su tambien viene). Al parecer, esas son las reglas del juego. Y la solución al motivo número tres consta en asimilarla y aplicarla. O bien, encontrar una solución alternativa. Ha de haber alguna forma de esquivar el bla, bla previo, y la verdad es que tal vez dedique algo de esfuerzo en buscar esa solucion.

Motivo número cuatro: estoy demasiado bueno. Motivo altamente improbable, pero no quiero dejarme nada en el tintero. Tratando de ser lo más objetivo posible, llevo muchos años viendo a moticucos de medio metro haciéndose con unos ejemplares de cuidado. O son los felices poseedores de un secreto que desconozco, o nada de esto tiene sentido y los caminos que conducen a las bisectrices son inescrutables!!, o, en efecto, estoy demasiado bueno. Y las féminas se imaginan que debo de estar ya emparejado. Porque si algo he observado durante este último año es que cumplidos acerca de mi físico no me faltan. Eso sí, siempre de hombres. La última, sin ir más lejos, la semana pasada. Jueves en el gimnasio y David, el culturista de san marcos que trabaja en el Gym-do, un pata que hace curl de bíceps con la cantidad de peso con la que yo hago peso muerto, me sonrie y me palmea el hombro al pasar a mi lado. “Tienes buen cuadrado eh” -se refiere al cuadro que forman el bicep y tricep al estar estirados-. Confieso que, viniendo de quien venía la observación, mi autoestima subió tres o cuatro niveles durante unos quince segundos. Justo hasta que pensé en la última vez que alguien del sexo femenino me había dicho algo así a la cara.

Podría seguir enunciando motivos hasta que sonara el reloj de la iglesia que no tengo enfrente, pero con los mentados ya hay material para ir pensando en soluciones concretas, claro que a mi ya no me servirian, sino mas bien ya serian para alguien mas. Sin embargo, ya habiendo terminado de analizar algunos de los posibles motivos de mis constantes fracasos no queda mas que decir que no me importan mas, porque sinceramente no habia necesidad de buscar en ningun sitio de esos.

Y es que no entrare en detalles, solo dire que alguien ha llegado a mi vida y la ha sacudido completamente, pero le ha dado paz tambien, como un calmo oasis en el desierto de mi confusion, la he encontrado donde menos imaginaba y me ha conquistado sin esfuerzo alguno, pero con gracia, me ha llenado de respuestas bellas y de preguntas nuevas, me ha dado razones y me ha dado sueños renovados, me ha regalado la noche las linda de mi vida y me ha obsequiado sus labios llenos de besos buenos. Es como alguien dijo, tu mundo puede estar callendose a pedazos y cuando menos los esperas llega a tu vida algo maravilloso, mucho mejor de lo que esperabas, mucho mejor de lo que soñabas.

3 comentarios:

Blogger Dexter ha dicho...

Muy buena entrada, de lectura facil y frases ingeniosas.

Que suerte q encontraste a alguien!

10 de marzo de 2008 a las 8:44  
Blogger Angie ha dicho...

Es un placer leerte.

10 de marzo de 2008 a las 9:52  
Blogger LUANA ha dicho...

muy pero muy bonito....y no sabes cuanto me alegra lo que t esta pasando :D

10 de marzo de 2008 a las 10:10  

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