jueves, 1 de noviembre de 2007

Emociones

Yo estudiaba en un colegio ubicado en Breña, bastante lejos de donde vivo (cuando uno es chico, una hora de viaje se te hace una eternidad). Este colegio tenia dos entradas, la primera para los alumnos de secundaria, y la segunda al otro lado del colegio, que daba de cara a una calle llamada jirón Huaraz. Durante cinco años presencié como ese jirón se llenaba completamente de niños con sus papás a dos horas puntas, a las 7:40 de la mañana y a la 2:30 de la tarde, aunque generalmente siempre había un grupo de niños rezagados esperando a que sus papás los recojan hasta ya pasadas las 4 de la tarde.

Pero no solo alumnos con sus papás frecuentaban ese jirón, también lo hacia Mariel, quien no era peligrosa pero sí era una excentricidad del barrio. Sus rarezas eran básicamente dos: iba vestida de maestra aunque no lo era y le gustaba desvestirse en la calle para ponerse un mandil del colegio que quién sabe de donde había conseguido. También le gustaba gritarnos a los alumnos que ya estábamos tarde y que porqué no habíamos hecho las tareas, pero por lo demás la Loca Mariel era inofensiva y la maestra Cecilia solo nos resguardaba por temor a verla desnuda.

Normalmente yo tengo muy mala memoria en lo que se refiere a momentos de la infancia, pero hay ciertas experiencias que uno jamás olvidaría. Yo tenia seis años y estaba en primer grado de primaria, no recuerdo exactamente el mes del año, pero recuerdo que hacia un frío con llovizna, de esas que te cagas, así que supongo que debió ser por finales del mes de junio. Eran cerca de las 3:40 de la tarde -concluyo esto porque ya había pasado más de una hora que esperaba a Estersita que me recogiera como todos los días- y me encontraba jugando con mi grupo de amigos de siempre con papás tardones, en la entrada del colegio en el jirón Huaraz, cuando sucedió. La llovizna y el viento frío te azotaba la cara, pero Mariel se puso detrás de un árbol y se quitó el vestido por la cabeza, de un solo movimiento, como si fuera una tarde de verano. El momento fue intenso y memorable. Todos nos quedamos hipnotizados viéndole los pechos caídos, el matorral esponjoso, las estrías, los brazos blancos como la leche. Pero no fue la palidez del secreto lo que a mí me impresionó.

-¡Niños, métanse para adentro! - Grito Cecilia.

Yo miraba otra cosa en la mujer cuando Cecilia se acerco corriendo a la loca y la espanto como si fuese un perro, es decir, diciendo tres o cuatro veces la palabra juira y agitando una regla gigante de madera. Era otra cosa la que me dejó boquiabierto. Yo había visto algo en la loca Mariel, lo único que me llamo la atención de su cuerpo, lo que sigue en mi memoria luego de tantos años, fue la tremenda cicatriz de una cesárea que le partía la barriga en dos mitades.

Al día siguiente escuché a dos mamás hablar sobre el asunto, una le decía a la otra:

-La pobre mujer esta así porque el marido la traicionó.

-No hija, si ya estaba así desde antes, los celos le hicieron eso.

Entonces yo entendí que hablaban de esa herida horripilante. Y por eso desde ese día las palabras traición y celos significaron para mi, el corte de un cuchillo en la panza.

No era la primera vez que asumía definiciones falsas a palabras que no eran, ni la primera vez que sospechaba significados rocambolescos y los daba por buenos. También creí por mucho tiempo que el orgasmo era un pianito eléctrico que mi tía Betsy no había tenido nunca. Estos malentendidos casi siempre se desvanecían gracias a un sopapo no esperado. El problema no estaba en acuñar falsos significados a las palabras, sino en utilizarlas en frases cualquiera, días o meses mas tarde, por ejemplo en una tienda repleta en el centro de lima:

-¿Quieres o no quieres que te compre la flauta dulce?

-No mamá, me gustaría tener un orgasmo.

(¡Zacate!)

Y cuando no era una cacheta era aun peor, porque entonces empezaban las visitas al psicólogo y esas cosas de las que ya hablaré luego.

Saliéndome bruscamente del tema, hablando de esos cinco primeros años escolares, me vienen a la mente muchas otras cuestiones, una de ellas me jode mucho y viene acompañada de varias de las caras de compañeros que perdí de vista luego de la primaria, y es que buena parte de ellos se cambiaron de colegio al pasar a la secundaria. Hasta ahí todo bien, término del quinto grado de primaria, término de las vivencias infantiles compartidas, tú te vas por tu lado y yo me quedo por aca, fin de la historia. Así deberían terminar todas esas relaciones fugaces que sucedieron cuando se es niño, pero nooo, tiene que pasar que un día caminando por la calle te encuentras con un niño de hace diez años. ¡Mierda! debería existir una ley que impida a las personas reencontrarse después de excesivos años. Ya es hora de decirlo claro. ¡Las caras adultas de las personas que dejamos de ver en la infancia no crecen con normalidad, por el amor de dios! Son rostros que se agigantaron de un modo perverso, que se deformaron, que se expandieron hasta el infinito, ¡y eso me aterra! pero no es el problema facial lo que me indigna. No señor. La cara no es lo peor de uno de estos niñoviejos. Lo peor es cuando te reconocen y se acercan, cuando se empecinan en mantener dialogo, cuando te obligan a ver en el reflejo de sus ojos que tú tambien te has convertido en un niñoviejo. ¿Pero De qué puedo hablar con esta gente? ¿Qué debo decir después de tantos años, cómo esperan ellos que actúe?

Prefiero lo paulatino y reconocible, la seguridad que da el amigo viejo, la tenacidad de su rutina. Quiero la amistad silenciosa del que va creciendo a mi lado, no el abrazo de un tipo que ya creció del todo y sin mí. Ver a un niño convertido en un hombre es aterrador, es miserable y debería ser ilegal. ¿Por qué razón una persona decente puede querer ver a otra después de muchos años? ¿Qué los une?

Los niñoviejos sensatos (me he topado con varios) fingen que no te han visto y siguen su camino. Esas son personas amables, ex amigos fieles que no quieren para sí -ni para nadie- la humillación de un encuentro no deseado. ¡Brindo por ellos! Los niñoviejos que huyen son seres nobles, educados y sabios, que después comentan con la vieja:

-Ma, esta tarde me lo crucé al flaco Rodríguez, un amigo de la primaria.

-¿Y que tal?

-Nos hicimos los cojudos.

¡Sí señor, ahí está la gente que vale la pena, ésos son los hombres que están salvando a la humanidad! Y lo digo en serio, sin exageración. No existe idiota más grande, en estos tiempos de demandas y de pleitos, que el que no sabe hacerse el idiota y seguir caminando. Hay demasiada gente en el mundo que no puede callarse, que no practica el sano ejercicio de confundirse en la multitud y dejar al prójimo en paz.

En fin, intentando regresar a la idea principal, recuerdo otra anécdota/problema que me aleja nuevamente del tema xD -no realmente- y es que recién ahora, escribiendo un poco acerca de mis años de colegio, me doy cuenta de la profundidad de un asunto que viví hace algún tiempo.

Tuve muy buenos amigos en el colegio, otros no tan buenos, pero siempre duele cuando pierdes a alguno, especialmente si son del primer grupo. Pienso que si hubiéramos hablado de esto en aquellos años escolares nos hubiéramos cagado de risa, jurando que jamás pasaría, pero me río ahora, comprobando que sí, en efecto sucedió. Cuando uno esta enamorado, pierde amigos, así de simple, no importa bajo que condiciones se analice la situación, es sabido que en la época de enamoramiento hay un déficit de amistad. Yo perdí dos viejos amigos del colegio (apenas saliendo de él) por una chica. Al primero lo perdí por los celos, mis celos, infundamentados pero crueles, agobiantes, asfixiantes, gigantes. Ahora, a varios años de aquellos días, entiendo que no había razón de sentir celos de él, pero el daño ya esta hecho y es irreparable y enorme. Al segundo sí lo culpo, y aunque una parte sienta tristeza de la perdida, otra se alegra de ella.

La traición es un terremoto en los cimientos del pasado, una segunda versión de tu propia historia que desconocías y que alguien (el traidor) ha modificado para que sientas vergüenza y te conviertas en un imbécil en diferido. La traición no esta en el acto consumado, ni en los encuentros a escondidas, sino en la intención del traidor -o la del ex amigo- la cual tiene la misma capacidad de destrucción. Y es que lo monstruoso del engaño es que el ayer se derrumba -sí, también el futuro, pero no está allí el epicentro del dolor-, se derrumba lo que creíamos blanco, se ensucia en la memoria, y nos sentimos estúpidos en el ayer, pobres diablos en la percepción del otro, que reía y nos veía reír, que juraba tener novia cuando en realidad pretendía la nuestra.

Desilusiones de este tipo te hacen pensar lo peor de dos agentes, el ex amigo, y la ex novia. Generalizando, te llevan a pensar lo peor del sexo opuesto (en este caso me llevaron a pensar lo peor de las mujeres) pero eso no significa que lo andarás gritando por la calle cual marcha en protesta por los derechos de lo profesor. Es una impresión muy propia y personal, algo que te guardas furiosamente por mucho tiempo, que te hace daño y te llena de rencor y que un buen día se desvanece totalmente, cuando, buscando un poco de mostaza, te cruzas con una sonrisa fuera de este mundo...

No importa cuantas desilusiones pasemos ni cuanto suframos por ellas, el hombre, siempre que piense haber encontrado su otra mitad -ojo con el vocablo piense- regresará y seguirá admirando la belleza femenina ya sea plasmada en su abnegado y hermoso espíritu de madre, en la profundidad y perfección de su alma o en su escultural figura, seguirá admirando a la mujer, creación divina e inteligente que matiza y hace agradable la existencia humana. Y es que siempre habrá, ¡y digo siempre! aquella mujer que nos convierta en poetas y nos regale alas que nos eleven a los sueños mas preciosos que podamos imaginar, sin tener idea siquiera de cuanto importan en nuestras vidas.

Sin embargo, pese a esto, pese a estas emociones y sentimientos tan bellos que podemos experimentar, el hombre vive subyugado por los celos y el constante miedo a la probabilidad de la traición. El miedo a la soledad que significa ir perdiendo no solo el amor de esa persona sino la amistad de las demás. El miedo a ser traicionado como fui traicionado por mi segundo amigo, y a la rabia y frustración que eso me significó por varios años. Pero ahora, que se me ha pasado la rabia del todo, te digo, compañero, que lamento en lo más profundo de mi corazón que, desde aquella vez y para siempre, nos hayamos convertido en dos hombres repugnantes.
No, yo no estaba equivocado a los seis años, pienso ahora que tengo veintiuno: los celos y la traición sí son el corte de un cuchillo en el abdomen, una puñalada que puede volverte loco como a la Loca Mariel, y dejarte desnudo para siempre detrás de un árbol.

2 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Joer Nasario ,impresionante , me has emocionado tio.

Un saludete de tu Red

4 de febrero de 2008 a las 14:51  
Blogger Nass ha dicho...

Y a mi me ha emocionado q tu me escribas :3
Colorauuu, un abrazo.

9 de febrero de 2008 a las 20:53  

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